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martes, 18 de mayo de 2010

Vascos en Tucumán*

Celia Avellaneda de Ibarreche**

Los vascos llegaron a nuestra región con los primeros conquistadores y su presencia fue ininterrumpida predominando los vizcaínos y guipuzcoanos.
Ya en la primera entrada al Tucumán en el año 1542, al mando del capitán Diego de Rojas, formaron parte de la expedición los vascos Francisco Hurtado de Arroniz, Bautista de Berrio y Antonio Ruiz de Guevara.
Estuvieron entre los fundadores y primeros pobladores de la ciudad de San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión en el año 1565, en su primitivo asentamiento(1). Participaron como autoridades del primer Cabildo, siendo Juan Núñez de Guevara el Alcalde Ordinario de 2º voto y Antonio Berru uno de sus Regidores, ambos elegidos por el fundador de la ciudad el capitán Diego de Villarroel que lo hizo por mandato del conquistador Francisco de Aguirre.
Figuraron entre los primeros vecinos de la ciudad Juan Bautista Berrio y Juanes de Artaza.
A partir de entonces fue incesante su llegada, primero desde distintos lugares del Virreinato del Perú y luego desde Buenos Aires, cuando se creó el Virreinato del Río de la Plata. Se establecieron en gran cantidad en nuestra provincia en donde formaron familia y en donde aún viven sus descendientes.
En la época de la colonia española muchos Gobernadores del Tucumán fueron originarios del país vasco, entre ellos: el General Don Francisco Martínez de Leyba y Zúñiga (1600-1603), el Adelantado Don Juan Alonso de Vera y Zárate (1619-1627), Don Baltasar Pardo de Figueroa y Guevara (interino en 1643 y 1644), Marcos José de Garro (1674-1678) y Don Esteban de Urizar y Arespacochaga (1707-1724) excelente y honrado gobernante al que el rey confirmó en su cargo haciéndolo vitalicio. Durante su gobierno se pacificaron los indios mocovíes, la expedición estuvo al mando del General Don Antonio de Alurralde, hijodalgo nacido en Andoain, Guipúzcoa. Cuando terminó el período colonial los vascos siguieron en funciones de gobierno.
El más joven de los presidentes de la Nación Argentina fue el Dr. Nicolás Avellaneda, tucumano, cuyo antepasado el Capitán D. Simón de Abellaneda y Peñuecos nació en Beci, en las Encartaciones de Vizcaya y se estableció en San Miguel de Tucumán hacia 1680, cuando la ciudad estaba aún en el sitio de Ibatín.
Varios fueron gobernadores, intendentes, industriales azucareros, políticos, en fin prácticamente a todos ellos les fue muy bien en nuestra tierra.
Los gobernadores de origen vasco de nuestra provincia del período independiente fueron más de veinte. A título de ejemplo cito a: Benjamín, Bernabé y Diego Aráoz, Gregorio Aráoz de la Madrid, Eudoro, Marco y Roberto Avellaneda, Juan Bautista Bascary, Pedro de Garmendia, Clemente Zavaleta, Pedro José Salustiano Zavalía, etc. y también fueron intendentes, ministros, legisladores, integrantes de la Corte Suprema de Justicia de la provincia y numerosos sacerdotes.
Prácticamente toda la “buena sociedad” de la provincia tiene sangre de vascos españoles (Alurralde, Aráoz, Garmendia, Helguera, Zavaleta, Zavalía, etc.) y en menor medida de vascos franceses (Etchecopar, Duhart, D´Hiriart, Bascary, Fagalde, etc.).
Los tres grandes genearcas tucumanos D. José Manuel Silva, D. Manuel Paz y D. José Manuel Terán al casarse a principios del S. XIX con Da. Tomasa Zavaleta, Da. Dorotea Terán Alurralde y Da. Mercedes Alurralde respectivamente, todas descendientes de vascos, formaron familias numerosísimas.
A diferencia de los numerosos vascos que vinieron en gran cantidad a partir de fines del S. XIX que eran en su mayoría campesinos y se radicaron en la pampa húmeda argentina (provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba) dedicándose al campo y a la actividad lechera, los que vinieron a nuestra provincia llegaron antes, a mediados del Siglo XVIII, se dedicaron al comercio, eran terratenientes y al mismo tiempo militares. Casi todos ocuparon cargos importantes en el Cabildo. Recordemos que no cualquiera podía aspirar a ser cabildante ya que se necesitaba ser propietario y pertenecer a una familia principal.
En el siglo XIX la actividad comercial daba mucho prestigio, tanto que al decir de D. Florencio Sal en sus memorias escritas en 1913: “Entre los títulos de vanidad social de nuestros abuelos se contaba la de ser dueño o dependiente de tienda, que era una de las ocupaciones distinguidas. Los jóvenes, cerrado el negocio, salían a la calle ostentando su profesión con el girar de la llave nobiliaria entre los dedos con aire de orgullo y empaque de normalista”.
Vinieron ya con algún patrimonio, el que acrecentaron en nuestras tierras con sus actividades y también por sus casamientos con mujeres que generalmente tenían dote. De estos matrimonios resultó una buena descendencia ya que, entre las mujeres renombradas en el siglo XIX por su belleza, la mayoría es fruto de dichas uniones. Don Florencio Sal cita a Dolores y Restituta Silva Zavaleta, Rosario Arozena, etc. además de ser las más cultas de la ciudad.
Es legendaria la belleza y el patriotismo de Lucía Aráoz Alurralde, también llamada “La rubia de la Patria”. Ella y su prima Dorotea Terán Alurralde integraron el elenco fundador de la Sociedad de Beneficencia de Tucumán, siendo esta última su primera presidente. Lucía era casada con el General Javier López Iturrioz, también descendiente de vascos
Dieron ejemplo de valentía, como Da. Catalina Aráoz que fue azotada por no ser adicta a la tiranía de Rosas y negarse por lo tanto a llevar el distintivo punzó.
El retrato más antiguo de cuerpo entero que se conserva en la provincia es el del vasco D. Pedro Antonio de Zavalía y Andía, nacido en la Villa de Abando, Vizcaya. Lo mandó, después de desposarse por poder en San Miguel de Tucumán, a su esposa a la que aún no conocía, en abril de 1787 desde la Villa Imperial de Potosí en donde era colector de caudales del rey.
Tucumán fue la primera provincia de la República que acudió en defensa de Buenos Aires cuando esta fue invadida por los ingleses en el año 1806 y lo hizo al mando del comandante José Ignacio Garmendia, nacido en Vizcaya, al frente de la Compañía de voluntarios tucumanos, los gastos corrieron por su cuenta personal.
Los vascos franceses empezaron a llegar a principios del siglo XIX, tal vez atraídos por la semejanza de su paisaje con los Pirineos Atlánticos y en general se casaron con mujeres tucumanas descendientes de conquistadores y primeros pobladores.
Posteriormente llegaron numerosos descendientes de vascos cuyos padres se habían radicado primero en las vecinas provincias de Santiago del Estero, Salta y Catamarca y también de otras como La Rioja, Jujuy y Santa Fe. Seguramente su actividad comercial los llevó a conocer Tucumán en donde se enamoraban no solo de sus mujeres sino también de las bellezas naturales de la provincia.
Los viajes evidentemente aumentaban el prestigio, citamos nuevamente a D. Florencio Sal: “La admiración a la que se creían acreedores cuando contaban en su haber y referían la proeza de un viaje a Buenos Aires, al frente de tropas de carretas, en compra y venta de mercaderías. El viaje no exento de peligros, duraba seis meses entre ida y vuelta, y el regreso se anunciaba desde lejos con marciales y alegres toques de clarín; y constituía un acontecimiento comentado año tras año por las familias de los expedicionarios y por los interesados en los cargamentos”.
Ejemplo de lo arriesgado de los viajes de aquella época es que muchas personas, antes de emprenderlos, dictaban su testamento. Tal el caso del Gral. D. Antonio de Alurralde que “el 31-12-1701, próximo a partir con sus carretas a la ciudad de Santa Fe, se presentó ante el Alcalde Ordinario de 1er. Voto el Cap. Claudio de Medina y Montalvo, y en virtud del poder otorgado por su difunta esposa Da. Ana María García de Valdés, dictó su Testamento declarando:…”(2).
La batalla de Tucumán librada el 24-9-1812, importantísima para la independencia de nuestro país, se ganó con la decidida participación de la familia Aráoz cuyo antepasado el Capitán Asencio de Lizarralde y Aráoz, provenía de Oñate, Guipúzcoa.
Don Bernabé Aráoz con sus parientes Diego, Cayetano y el sacerdote Pedro Miguel, no solo pusieron a disposición del Gral. Belgrano sus bienes personales sino que también fueron los que congregaron a los vecinos para que apoyasen al ejército a dar la batalla decisiva y evitar que siguieran avanzando las tropas españolas hacia el interior de las Provincias Unidas del Río de la Plata (como se llamaba en esa época la República Argentina), a pesar de las órdenes de retroceder sin dar batalla que se habían enviado desde el gobierno de Buenos Aires.
En el Congreso de las Provincias Unidas que se realizó en Tucumán en el año 1816 y declaró formalmente nuestra “independencia de España y de toda dominación extranjera” el 9 de julio de dicho año, la familia Aráoz también tuvo un protagonismo central ya que uno de los dos representantes de nuestra provincia fue el sacerdote D. Pedro Miguel Aráoz y su gobernador era D. Bernabé Aráoz, quién facilitó varios de los muebles que se usaron, además de encarar y solucionar todos los problemas que significaba el funcionamiento de dicho Congreso debido a las difíciles circunstancias económicas de la época por la guerra sostenida con España.
Fueron protagonistas en nuestras luchas internas, la más notoria fue entre el General Javier López Iturrioz y Don Bernabé Aráoz en los años 20 del siglo XIX, rivalidad que se llegó a comparar con Montescos y Capuletos
El autor del libro “Bases y puntos de partida para la organización de la República Argentina”, que sirvió de guía para la redacción de nuestra Constitución Nacional de 1853, fue el abogado tucumano Juan Bautista Alberdi, hijo de D. Salvador Alberdi y Egaña que había nacido en el Señorío de Vizcaya y llegó a Tucumán en la segunda mitad del siglo XVIII en donde se casó con la tucumana Da. Josefa Rosa de Aráoz y Balderrama, también con antepasados vascos y descendiente de conquistadores y primeros pobladores.
Muchas calles de nuestra provincia llevan el nombre de vascos ilustres que vivieron y lucharon en y por ella.
Como dato anecdótico recuerdo la historia de la “Monja Alférez” en el Tucumán de principios del S. XVII. Se llamaba Catalina de Erauso, se había escapado de un convento en Guipúzcoa y se embarcó para América disfrazada de varón. Tuvo una vida muy interesante y aventurera. Se calcula que vivió en San Miguel de Tucumán alrededor de 1615.
Más de tres millones de personas en la Argentina, aproximadamente el 10 % de sus habitantes, tienen algún antepasado vasco, aunque creo que en la provincia de Tucumán el promedio es bastante más alto.
En mi caso particular tengo muchísimos antepasados provenientes del país vasco español, tanto por parte materna como paterna y el ancestro europeo más cercano fue mi bisabuelo, Máximo Etchecopar, que vino en 1854 de Saint Palais, en el país vasco francés. Llegó a Tucumán a los 13 años. Aquí lo esperaba su hermano Evaristo, 20 años mayor y a quién no conocía, que se había dedicado a la industria azucarera fundando en Tucumán el Ingenio azucarero La Banda en el año 1846.
Todos mis tatarabuelos descendían de vascos, menos el dinamarqués Hans Heller pero su mujer era Corina Palacio cuyos antepasados provenían de San Juan de Molinar, en Vizcaya. Para reforzar mi descendencia estoy casada desde hace 39 años con Horacio Ibarreche, pariente del Lehendakari del país vasco D. Juan José Ibarretxe el que vino a Tucumán en marzo de 2006 a visitar a su familia tucumana, con él y su esposa Begonia pasamos gratísimos momentos.
Como hemos visto tuvieron una muy destacada actuación participando como protagonistas en casi todos los episodios importantes de nuestra provincia

Notas
(1)San Miguel de Tucumán estuvo durante 120 años en el sitio de Ibatín y luego se mudó en 1685 al actual emplazamiento en el lugar que en ese entonces se denominaba “La Toma”. El traslado se debió a varias razones, una de ellas y tal vez la más importante, era que el camino que conducía al Alto Perú ya no pasaba por la ciudad.
(2)COROMINAS, Jorge Alberto – Los vascos en la provincia de Tucumán – Fundación Vasco Argentina Juan de Garay.

BIBLIOGRAFÍA
Autores Varios - Pueblos vascos – Raíces míticas, aventura universal – Ed. Edicial -Buenos Aires – Argentina
COROMINAS, Jorge – CLESSI, María del Carmen – AVELLANEDA de IBARRECHE, Celia - Autoridades del Cabildo, Justicia y Regimiento – Épocas Colonial e Independiente: años 1680-1824 - Boletín Nº 3 de Tucumán – 2003
COROMINAS, Jorge Alberto - Los vascos en la provincia de Tucumán publicado en el libro: Asentamientos vascos en el período hispánico en los siglos XVI al XIX. Selección del Tomo III - Los vascos en las provincias de Córdoba, Corrientes, Tucumán, Mendoza, San Juan y San Luis – Editado por la Fundación Vasco Argentina Juan de Garay
PIOSSEK PREBISCH, Teresa - Poblar un Pueblo – El comienzo del poblamiento de Argentina en 1550 – Ed. de la autora
LIZONDO BORDA, Manuel – Introducción y comentarios de - Documentos Coloniales – Relativos a San Miguel de Tucumán y a la gobernación de Tucumán – Siglo XVI – Serie I – Vol. I – Imprenta López – Buenos Aires – Argentina – 1936
MURGA, Ventura y PÁEZ de la TORRE, Carlos (h) - San Miguel de Tucumán: las calles y sus nombres – Editado por el diario La Gaceta - Tucumán – 1981
PAEZ de la TORRE, Carlos (h) – Historia de Tucumán – Editorial Plus Ultra – Buenos Aires - 1987
SAL, Florencio. Lo que era la ciudad de Tucumán ochenta años atrás. Recogidas por el Dr. José Ignacio Aráoz y escritas en 1913.
TERÁN, Justino. Guía Genealógica en el Milenium. Editorial Armerías. Buenos Aires - 2008

*El presente trabajo fue publicado en el Boletín Electrónico Nº 91 (enero-marzo de 2009)de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas. Puede consultarse en: http://www.genealogia.or.cr/publicaciones/boletines/boletin091.html
** Miembro de Número del Centro de Estudios Genealógicos y Heráldicos de Tucumán.

martes, 11 de mayo de 2010

Juan Bautista Alberdi. Apuntes genealógicos en vísperas del bicentenario de su nacimiento


Por Manuel García Fernández *

Sus Padres

Juan Bautista Alberdi nació en la ciudad de Tucumán el 29 de agosto de 1810, hijo de don Salvador de Alberdi Egaña y de doña Josefa Rosa de Aráoz y Balderrama. Como bien ha señalado el genealogista Ventura Murga(1), su madre murió siete meses después del parto y no durante el mismo, como se malinterpretó muchas veces.
Su padre el vizcaíno Salvador Alberdi, moriría en 1822 luego de haber sido un hombre destacado en tiempos de la colonia y la Revolución de Mayo.
¿Pero quiénes eran los procreadores del ilustre jurista y cuáles eran sus orígenes?
De don Salvador Alberdi sabemos por su propio hijo que era oriundo de Vizcaya, tierra vasca de ancestrales fueros y libertades, lo que influyó definitivamente para que este vascuence radicado en El Plata promoviera la lectura de Rousseau y fuera uno de los principales adherentes a la causa de Mayo, como ya dijimos.
Tal vez en esta oportunidad prefiramos detenernos un poco más en la genealogía materna, ya que como veremos, doña Josefa de Aráoz va a estar profundamente enraizada a nuestra tierra por descender de los primeros conquistadores fusionados con los hijos de las márgenes sureñas del Tawantinsuyu o imperio inca.

Los Aráoz Balderrama

Los Aráoz son oriundos de Oñate, pueblo radicado en Guipuzcoa, provincia de Euskal Herria o País Vasco. En realidad el antepasado que llegó primero firmaba Lizarralde y Aráoz, y las distintas mutaciones y recortes que sufrirá este apellido se debe a la usanza de la época.
El capitán Asencio de Lizarralde y Aráoz llegó a estas tierras en la primera mitad del siglo XVII estableciéndose primero en La Rioja. Contrajo matrimonio con doña Damiana Bazán de Pedraza quien era tataranieta del conquistador Juan Gregorio Bazán. Su hijo Juan Nicolás de Aráoz y Bazán nació hacia 1650, y de La Rioja pasó a Santiago del Estero casándose allí con doña Claudia Núñez de Ávila.
Al morir radicado en Tucumán dejó seis hijos. Entre ellos nos interesa especialmente don Diego de Aráoz y Núñez de Ávila quien se casó en Santiago del Estero con doña Josefa de Paz y Figueroa, prima hermana de doña María Antonia de Paz y Figueroa, la famosa “Beata Antula”. De este matrimonio nació don Javier de Aráoz -Paz y Figueroa quien al casarse con doña Petrona de Valderrama engendraría con ella a la madre de nuestro genealogiado. De este matrimonio, además de Josefa, nacerían don Diego y don José Gregorio Aráoz Valderrama. Diego tendría descendencia a través de su única hija doña Lucía Aráoz casada con Javier López gobernador de Tucumán, quien gestionó la primera beca del joven Alberdi en Buenos Aires, y José Gregorio dejaría descendencia al casarse con doña Josefa Fernández de Moure y Villafañe. Por los mencionados Paz y Figueroa, Alberdi desciende entre otros del fundador de Tucumán Diego de Villarroel y de don Jerónimo Luis de Cabrera hacedor de Córdoba, dos de los tantos hombres de la entrada y conquista del Tucumán antiguo que precedieron en sangre a nuestro genial Juan Bautista.

San Ignacio de Loyola

Siempre existió en la tradición oral de los Aráoz, la versión referida a que el fundador del clan don Asencio de Lizarralde y Aráoz era sobrino bisnieto de San Ignacio de Loyola.
El mismo Juan Bautista Alberdi llegará a consultar a su primo hermano don Miguel Moisés Aráoz obispo de Berissa sobre el mencionado parentesco.
Hay que destacar que este testimonio demuestra la calidad de precursor de Alberdi en la ciencia genealógica argentina y del orgullo que sentía por llevar la sangre hidalga de la casa de Aráoz.

Los García Alberdi

En la actualidad la sangre paterna del prócer continúa en los descendientes de su hermana doña Tránsito Alberdi Aráoz casada con don Ildefonso García. De los tres hijos de éstos, llamados Federico, Josefa y Julia García Alberdi, van a descender en la actualidad los García Alberdi radicados en su mayoría en la cuidad de San Nicolás de los Arroyos provincia de Buenos Aires. En Tucumán, del casamiento entre doña Julia García Alberdi y don Francisco Colombres Alurralde va a surgir una nutrida descendencia, al igual que del enlace entre doña Josefa García Alberdi y don Remigio Colombres Alurralde, de estos últimos descendía entre otros el doctor Carlos Luque Colombres, gran historiador y genealogista argentino, según nos informa don Ventura Murga.

Su Entorno Familiar

Alberdi se crió en un extendido grupo familiar que se conformó de tíos, primos y sobrinos de una destacadísima actuación en la gesta revolucionaria de Mayo y en la posterior consolidación institucional del país. Entre ellos quiero destacar al general Gregorio Aráoz de La Madrid, al general Eustaquio Díaz Vélez y Aráoz, al presbítero Pedro Miguel Aráoz congresal de Tucumán. Asimismo era tío del doctor Benjamín Aráoz, gobernador de Tucumán y de sus hermanos los destacados Aráoz Ormaechea.
No me quiero olvidar de doña Carmen Aráoz Sal de Ezcurra, quien al día de la fecha es guardiana y difusora de esta histórica familia.
Su tío, el Dr. Juan Bautista Paz (y Figueroa) fue un distinguido hombre público de la generación de Mayo y padre del Dr. Marcos Paz, vicepresidente de la Nación y de doña Agustina Paz, madre del ilustre Julio Argentino Roca.
Su prima hermana doña Lucía Aráoz Alurralde se casaría con el general Javier López, quien para los Aráoz de la época mandó a fusilar al tío de doña Lucía, don Bernabé Aráoz, produciéndose así una verdadera saga entre capuletos y montescos digna de Shakespeare. Dicen que el casamiento entre doña Lucía Aráoz y López fue para apaciguar el odio entre los dos clanes.
Por su antepasada doña Josefa de Paz y Figueroa, dama de distinguida cuna santiagueña, el autor de Las Bases va a emparentarse con importantes familias de la vecina “Madre de Ciudades” como ser los Taboada, los Salvatierra y los Ibarra.

Descendencia de Los Alberdi-Aráoz y los Aráoz Valderrama en la actualidad

Según el diccionario, la palabra pariente se refiere a cada uno de los ascendientes, descendientes y colaterales de una misma familia, ya sea por consanguinidad o afinidad.
Para finalizar nombramos algunas de las familias que hoy en día descienden colateralmente del prócer como ser:
Aráoz-Moure, Aráoz Moure-Ormaechea Saravia, Aráoz Ormaechea-Reto Roca, Aráoz–Sal, Ezcurra-Aráoz, López Iturrios-Aráoz Alurralde, López-Paz Terán, López del Sar, López de Zavalía, Avellaneda-López de Zavalía, López Pondal, López Pondal-Viaña, García-López Paz, Juárez Aráoz-García, Juárez Aráoz-Martínez, García Fernández y Juárez Aráoz, Cornejo Figueroa-Juárez Aráoz, Juárez Aráoz-O’donell, García-del Solar Dorrego, Romero-López, Romero Carraza, Estrada- Romero Carranza, López Aráoz-Mañán Romero, Terán-López Mañán; García Alberdi-Sánchez, Colombres Alurralde-García Alberdi, Colombres García Alberdi-Colombres Ruiz Huidobro, Colombres Colombres-Sosa Mendía, Colombres Colombres- Belascuain Lobo, Colombres-Aignasse, y Luque-Colombres Lacavera, entre otras.

La gran familia de Alberdi

Literalmente se emparienta con don Juan Bautista todo el conjunto popular criollo, fruto de la fusión que se dio entre los naturales de América y España, pueblo profundo y luchador que habita nuestras ciudades, campos, montañas y montes. Solo del fundador Cabrera su antepasado, se calcula descienden entre dos o tres millones de argentinos, estimación que se la debemos al genealogista don Ignacio Tejerina Carreras.
Siguiendo la definición que dimos sobre parentesco, podemos decir que Juan Bautista Alberdi es padre y pariente por afinidad de todos los argentinos que descienden de su sano y justo pensamiento, plasmado en la carta magna de la gran Nación Argentina.

*Abogado (UNT). Miembro adherente del Centro de Estudios Genealógicos de Tucumán. Diplomando en Genealogía y Heráldica (Universidad de San Pablo-T. Tucumán). Miembro del Ateneo del Barco y Nuevo Maestrazgo de Santiago. En ocasión del homenaje tributado al gran abogado tucumano el 2 de diciembre de 2009 se leyeron las líneas anteriores frente al túmulo que guarda sus restos en la Casa de Gobierno.
(1)El presente trabajo se realizó tomando como fuentes a los genealogistas Ventura Murga, Jorge Corominas y Carlos Páez de la Torre (h). Además se consultó la obra de Carlos Calvo y copia de documentos genealógicos familiares en poder del autor.
Agradezco especialmente a mi profesor de la Diplomatura en Genealogía y Heráldica, don Justino Terán Molina y a mis compañeros diplomandos don Federico Colombres Orpheé, don Rodolfo Leandro Plaza Navamuel y a don Marcelo Gershani Oviedo por los valiosos aportes realizados.

lunes, 10 de mayo de 2010

La memoria genealógica como patrimonio de consolidación social. Vínculos parentales de la elite dirigente catamarqueña (1810-1910)

Marcelo Gershani Oviedo*

1. Palabras iniciales

Esta comunicación se desprende de una investigación mayor referida a la conformación del patriciado y de la elite en Catamarca (Argentina), cuyo marco cronológico se encuentra comprendido entre 1683, cuando se funda la ciudad de San Fernando de Catamarca, y las tres primeras décadas del pasado siglo XX.
En esta ocasión, pretendemos demostrar la importancia de la memoria genealógica como elemento de consolidación de la elite que rigió los destinos políticos de Catamarca entre la Revolución de Mayo (1810) y el Centenario de ese acontecimiento (1910).
Habían transcurrido más de tres décadas desde la Revolución de Mayo, cuando el miércoles 14 de agosto de 1844, Wenceslao Correa y Herrera, vecino del Valle Viejo(1), se presentó ante la autoridad eclesiástica para iniciar la información que le permitiría contraer matrimonio con Matilde Sosa y Valles.
En el acta que se labró, Correa manifestó que era pariente de su novia por "…estar ligadas todas las familias de la clase de mi pretendida con igual o más inmediato parentesco por descender de unos cuantos hombres primeros fundadores...”(2).
Wenceslao Correa, sin duda, conocía lo que afirmaba. Su tatarabuelo, el español José Ramón Correa de Silva, había participado de la fundación de San Fernando, en el Valle de Catamarca, en 1683 (Andrada de Bosch, 1983).
En cuanto a la ascendencia de su futura esposa, también la conocía perfectamente. Era nieta en el cuarto grado de Nicolás de Barros Sarmiento y de Domingo de Segura, que habían ocupado cargos en el primer cabildo de la ciudad.
Tenemos así que la memoria genealógica se manifiesta más de siglo y medio después de la fundación de la ciudad de Catamarca, cuando un descendiente de un vecino fundador explicitaba por escrito el sentido de pertenencia a un grupo social.

2. Marco teórico

El término “elite” es un vocablo que identifica a un conjunto reducido de personas que se destacan o sobresalen del resto de su comunidad. Es una minoría cualitativa y selecta que se destaca en el desarrollo de una actividad o función respecto al resto de la población. Desde el siglo XIX, el concepto de elite ha sido aplicado a los estratos sociales dominantes, los que, generalmente, tienen acceso a los más altos niveles del Estado o ejercen control sobre la estructura de clases del sistema social y lo manipulan en su beneficio (Sosa Miatello, Lorandi y Bunster, 1997; Cueto, 1998; Bertrand, 2000; Langue, 2000; de la Orden de Peracca, Gershani Oviedo, Roldán y Moreno, 2001; Herrera, 2007).
Dice Peter Waldmann (2007) que elite nunca fue un concepto neutro. Desde su creación, hacia fines del siglo XVIII, fue un concepto de fuerte carga política y emocional.
Los autores “realistas”, Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Michels, defendieron la tesis de que, independientemente de la constitución formal de un país, en realidad siempre hay una minoría que tiene el poder y lo dirige.
A principios del siglo XIX ciertos círculos burgueses habían destacado que lo que faltaba era una elite de méritos y no una clase dirigente que legitimaba su posición privilegiada por razones de sangre o meritos militares de sus antepasados. Sin embargo, “los clásicos” insistieron en que la minoría que tiene las riendas del poder político en sus manos en cualquier sociedad debe su excelencia no sólo a capacidades y virtudes individuales, sino también a su procedencia social (Waldmann, 2007).
Por otro lado, se utilizará la noción de red social. Al respecto, dice Zacarías Moutoukias (2000) que "el interés por las redes sociales y los vínculos entre personas en los trabajos de historia es a la vez reciente y antiguo. Tomado de la antropología social de los años treinta, el análisis de redes fue utilizado en antropología, economía, sociología y más recientemente en historia".
Pérez García (2006) afirma por su parte que red social es un concepto “heredado de la Sociología y que sirve al historiador como herramienta de trabajo para reconstruir el conjunto de relaciones sociales que un individuo lleva a cabo a lo largo de su vida (…) los mencionados lazos y vínculos sociales están sustentados por la consanguinidad, el clientelismo, el parentesco ficticio, la alianza y la amistad”.
Una red familiar se articula a partir de un apellido. La familia nuclear del pariente mayor de dicho apellido es la célula a la cual se agregan los parientes consanguíneos y políticos, sean de la misma rama, o ramas del mismo tronco o bien de otras familias (Falleti, 1997).
El estudio de las familias de elite se ha realizado, además, a partir de la genealogía que nos ha permitido reconstruir linajes, analizar estrategias y alianzas, etc.
Elsa Andrada de Bosch (2004) afirmó que el objetivo fundamental de la genealogía “es el estudio de la familia y la determinación de filiaciones y alianzas”. Agregaba que ese estudio no se limita a las características individuales que en su mayor parte debe cada persona a la herencia, sino que se extiende al ambiente familiar y social con sus innegables influencias recíprocas y al momento histórico en que cada vida transcurrió.
La utilización de genealogías sociales nos permitió establecer las filiaciones y las relaciones parentales entre los integrantes del grupo social que estudiamos en el marco cronológico de un siglo. Los vínculos intragrupales establecidos formaron parte de un patrimonio casi exclusivo de ciertos estamentos sociales que muestran continuidades seculares.
Recalcamos la importancia de la inscripción de los grupos familiares en la larga duración (las tres generaciones de una familia), y el interés que cobran las "genealogías sociales" junto a la prosopografía para evaluar el funcionamiento de las solidaridades en el tiempo. Las genealogías sociales se presentan sobre todo como "uno de los fundamentos de la historia social, comparativa y cuantitativa" (Langue, 2000).
Tomamos un aspecto poco trabajado de esas familias y grupos: la memoria genealógica. La entendemos como una estrategia de construcción y de reproducción, y al mismo tiempo como un patrimonio familiar identitario y social, que se convierte en capital simbólico. Se tiene memoria del abolengo, como larga lista de antepasados, y de sus hechos político-militares, para sustentar y explicar los derroteros, evolución e historia de las familias, de los linajes, de los estamentos y de las peticiones de premios y mercedes reales en el tiempo colonial. Situación similar que también se vivió en los gobiernos republicanos.
Entendemos, y es uno de los objetivos de esta ponencia, que esa memoria genealógica forma parte del patrimonio, en primer lugar doméstico, privado y particular, de las familias; y luego del patrimonio de un grupo social más amplio.
Los vínculos intragrupales (parte también de ese patrimonio) establecidos por ciertos estamentos sociales, muestran continuidades seculares, advirtiéndose una consolidación social que benefició a sus integrantes.

3. Fuentes y Bibliografía

Es de destacar en primer lugar, que la mayor parte de la información genealógica utilizada en este trabajo corresponde a investigaciones llevadas a cabo desde hace varios años por el autor y que en gran medida se halla inédita (Gershani Oviedo, 2000, 2001, 2002a, 2002b, 2003, 2007, 2008, 2009, 2010).
El trabajo está basado en fuentes primarias y en un medido apoyo bibliográfico, ya que la especificidad del problema tratado y la particularidad de nuestro enfoque, no cuentan con antecedentes sino complementarios cuya utilidad hemos aprovechado oportunamente.
Las fuentes de las genealogías sociales son múltiples (eclesiásticas, demográficas, fiscales, militares, electorales, jurídicas etc.) y de todas ellas nos hemos servido: se utilizaron tanto listas nominativas (censos, padrones) como registros oficiales de hechos vitales, es decir los registros parroquiales (libros de bautismos, matrimonios, defunciones), que se encuentran en el Archivo Parroquial de la Catedral Basílica. Por otro lado se consultaron expedientes matrimoniales y libros parroquiales de Piedra Blanca, Ancasti y El Alto en el Archivo Diocesano del Obispado de Catamarca. Además, se indagó en protocolos y expedientes judiciales que se resguardan en el Archivo General de Indias, Archivo Nacional de Bolivia (Sucre) y Archivo General de la Nación y en los archivos históricos de Catamarca, Córdoba, Tucumán y Salta. El cruce de esta información nos permitió reconstruir las ascendencias de los grupos familiares vinculados al patriciado catamarqueño en el periodo pautado para su estudio.

4. Desde la fundación de la ciudad (1683) a Mayo (1810)

Desde la fundación de la ciudad de San Fernando hasta la época independiente, los cabildos estuvieron integrados por miembros de un sector dirigente conformado, en su mayoría, por descendientes de conquistadores y fundadores de ciudades. Eso lleva a Elsa Andrada de Bosch (2004) a afirmar que los cabildantes estuvieron vinculados, en muchos casos, por lazos de consanguinidad (parentesco sanguíneo) o afinidad (parentesco político).
Es lo que Félix Luna (1991) también plantea al decir que "en las ciudades del interior, desde la época colonial, los intereses políticos y económicos locales se expresaron muchas veces a través de determinadas familias, verdaderos clanes con sus patriarcas, sus activistas y sus clientelas".
Cuando en 1683, Fernando de Mendoza Mate de Luna eligió a los integrantes del primer cabildo de la ciudad de San Fernando de Catamarca, no sólo le estaba dando legalidad jurídica a la fundación que estaba concretando, sino que inauguraba un modo de ejercer el poder en Catamarca: los gobiernos de familia. Una realidad se imponía: casi la mitad de los integrantes de ese primer cabildo estaban emparentados entre ellos (Gershani Oviedo, 2009).
De esta manera, el nepotismo, que Botana (1986) define como "una relación entre lo público y lo privado en virtud de la cual el control del gobierno dependía de los vínculos de parentesco que entre sí tejían determinadas familias", se convirtió en una práctica presente en la historia política catamarqueña desde el periodo colonial. Esas redes familiares, en la mayoría de los casos, habían heredado importante capital material y simbólico de la época colonial, y lograron insertarse en el siglo XIX en la actividad pública.
En ese contexto, Cristina López (2003) afirma que el elemento más destacado para la pervivencia de estas redes estuvo constituido por las alianzas matrimoniales y la construcción de la memoria genealógica familiar. Esto permitía la reproducción biológica y social del grupo y la preservación del patrimonio familiar, situación que se convirtió en el sustrato de la legitimación ideológica que justificaba el dominio sobre el resto de la población. A ello se sumaron las relaciones personales de paisanaje, afinidad y clientelismo.
Esta realidad nepótica pervivió en todos los planteles de los cabildos desde la fundación de la ciudad hasta las primeras décadas del siglo XIX: los capitulares estaban emparentados entre ellos, formando intrincadas redes familiares.
Junto a las herencias y patrimonios materiales de las familias de este grupo social enraizado en la historia catamarqueña colonial, no debemos descuidar otro tipo de herencia inmaterial, de patrimonio intangible: los antepasados y sus méritos.
La consolidación social de un español (conquistador, fundador, poblador) estaba ligada muy fuertemente a los méritos propios en el proceso de la conquista, pero también a los de antepasados con los cuales le unía el parentesco por consaguinidad o afinidad.
La obtención de mercedes de tierras y de encomiendas de indios requería la calidad de beneméritos de la conquista, por acciones propias o de los antecesores; las alianzas matrimoniales otorgaban un plus a la dote de la mujer, que eran los méritos de sus antepasados que se unían a los del marido.
La consolidación de un status social venía ligado entonces al abolengo, a la larga lista de abuelos/antepasados y sus acciones (muchas de ellas guerreras), de los cuales se tenía recuerdo, memoria: esa memoria genealógica puede verse en las probanzas de méritos y memoriales levantados para obtener gracias del monarca.
A mediados del siglo XVIII, podemos acercarnos a la visión que se tenía del patriciado en el valle de Catamarca, a partir de una fuente emanada de las autoridades civil y eclesiástica lugareña, la Información Jurídica sobre la Historia de Nuestra Señora del Valle(3). Advertimos que de los 50 testigos que brindaron su testimonio en dicha Información, 16 fueron reconocidos por las autoridades como “hijos y descendientes de los primeros conquistadores y pobladores de esta ciudad y provincia”(4); “sujeto a quien ha ocupado esta ciudad en los principales oficios políticos y militares”(5).
De acuerdo a nuestras investigaciones, estamos en condiciones de establecer la vinculación y pertenencia al patriciado catamarqueño de, por lo menos, otros 14 testigos que se presentaron en 1764 y que no fueron reconocidos con esa situación especial(6).

5. La memoria genealógica durante una centuria (1810-1910)

Para la época de la creación del Virreinato del Río de la Plata solamente el 16% de la población total de la ciudad de Catamarca, era blanca. Sin embargo, dentro de ese porcentaje se encontraba una minoría que gobernaba, "manejaba el poder económico derivado de explotaciones agropecuarias que tenían origen en las mercedes y encomiendas conferidas a sus antepasados y también monopolizaban el prestigio social. Era el patriciado de la tierra..." (Bazán, 1995).
Y será esta minoría la que regirá los destinos de Catamarca hasta iniciado el siglo XIX, cuando los sucesos de mayo de 1810 ocurridos en Buenos Aires, alteraron la normal administración de la cosa pública por parte de nativos españoles y de criollos vinculados a la Corona.
En los primeros años de la Revolución se advierte el predominio en la cosa pública de los descendientes de los antiguos conquistadores y colonizadores del Tucumán. Los integrantes del cabildo catamarqueño surgieron siempre de esa minoría oligárquica. Cuando analizamos las actas capitulares de la época, donde figuran los miembros de la "parte principal y más sana del vecindario", notamos enseguida que son los mismos apellidos presentes en la historia del Tucumán colonial, muchos de los cuales todavía se conservan en nuestra sociedad: Herrera, Cubas, Castro, Segura, Olmos de Aguilera, Soria, Ahumada, Salas, de la Vega, Vera, Guzmán, Barrionuevo, Correa, entre otros.
Las familias dominantes formaron y crearon a través de los matrimonios entre sí extensos grupos de parentesco, lo que no significaba que no se generaran bandos rivales. Cada una de estas familias trataba de colocar a uno o más miembros en las altas esferas de poder (Lockhart, 1990).
Las nuevas autoridades surgidas en Mayo de 1810 en Buenos Aires invitaron a los pueblos del Interior a participar de las primeras deliberaciones. Esta invitación solicitaba a los cabildos la elección de un diputado. Se observa claramente que la representación es entregada a la ciudad de la tradición hispanocolonial, y dentro de ella a la "parte principal y más sana del vecindario" (Goldman, 1998).
Cuando en Catamarca se tuvo que elegir el diputado, esa parte principal y sana eligió a Francisco de Acuña, pero impedimentos legales imposibilitaron su juramento como diputado, pues no reunía los requisitos de ser americano de nacimiento y no tener empleo rentado por la Corona. Se hizo necesario, entonces, el llamado a un nuevo Cabildo Abierto para el 31 de agosto del mismo año, donde se consagró como representante por Catamarca el vecino José Antonio Olmos de Aguilera, luego de una reñida elección en la que superó por sólo ocho votos a uno de los hijos de Francisco de Acuña (Olmos, 1957; Bazán, 1996). Notamos que, a pocos meses de Mayo de 1810, los intereses de las redes familiares continúan vigentes en el seno de la clase gobernante.
El estudio de los parentescos existentes entre los miembros de los cabildos que se sucedieron luego de Mayo 1810, demuestra que esa fractura que significó la Revolución, no impidió que los mismos grupos familiares que detentaban el poder, hayan continuado aportando elemento humano para ocupar espacios significativos en la centuria siguiente (Gershani Oviedo, 2009).
En el análisis del período republicano, desde 1810 hasta 1910, observamos que se encontraban vinculados por lazos de parentesco con el patriciado criollo lugareño tanto los sucesivos gobernadores, como los que integraron la asamblea que declaró la autonomía provincial en 1821, o la legislatura provincial, las asambleas constituyentes, como así también el tribunal de justicia.
Advertimos que ahora es el apellido el que capitaliza todo, ya que se concentra en las personas que portan esos apellidos los méritos acumulados no sólo de la época hispánica, sino además de la republicana. La participación en las guerras de la independencia y civiles serán méritos nuevos, valederos, y consolidarán viejos blasones de familias y linajes coloniales.
Esto lo lleva a Félix Luna (1991) a afirmar que familias tradicionales orgullosas de su linaje y conscientes de las contribuciones que habían hecho a las guerras de la Independencia y las civiles, y que ahora se encontraban empobrecidas, consideraban un legitimo derecho a tomar el poder por cualquier medio, aferrarse a él, distribuirlo entre su clientela, asegurar sus resortes y disfrutarlo el mayor tiempo posible.
Si bien la prédica igualitaria de la Revolución de Mayo barrió con los privilegios monárquicos, el poder siguió siendo detentado por la parte más sana y principal, conocedora de su genealogía. El transcurso de casi dos siglos y medio desde la fundación, no lograrían borrar la memoria genealógica. Si bien para levantar información matrimonial se necesitaba conocer en detalle los grados de parentesco, esto es, saber a qué familia, linaje, y en definitiva, grupo social, se pertenecía por herencia, notamos el detalle con que se refleja en los documentos el conocimiento que de esa situación tenían los interesados(7).
Hasta qué punto las alianzas producidas por las uniones matrimoniales de antiguas familias con nuevos miembros de la sociedad significaba un espaldarazo para participar del poder, se observa en un ejemplo claro: si bien el elenco de gobernadores de Catamarca que ocuparon el poder entre la designación del primer gobernador luego de declarada la Autonomía (1821) hasta el Centenario de Mayo (Olmos, 1967; Bazán, 1996) se caracterizaba por descender, en su gran mayoría, del patriciado criollo, ubicamos el caso de José Silvano Daza, que asumió el gobierno de Catamarca en 1885. Daza figura registrado como negro en su partida matrimonial (Azurmendi de Blanco, 1997) y por líneas sanguíneas no se emparentaba con el grupo social que estudiamos. Sin embargo, un oportuno casamiento con Carmen de la Vega y Avellaneda, lo posicionó en el seno del patriciado(8), pues el matrimonio resultaba ser una de las vías más efectivas de acceso al mismo (Gershani Oviedo, 2009a).
Otro ejemplo de haber recibido por parte de sus antepasados una herencia significativa lo tenemos en el gobernador Julio Herrera, que logró capitalizar en su persona el prestigio heredado de sus antepasados, algunos de los cuales pertenecieron al grupo de los 54 vecinos que rubricaron el Acta de la Autonomía, en 1821. Entre los firmantes figuraban su abuelo Andrés de Herrera, sus tíos abuelos Gregorio y Pedro José Segura y Marcos José González, y su tío abuelo político Nicolás de Avellaneda y Tula, entre otros parientes (Gershani Oviedo, 2003).
La continuidad genealógica entre los vecinos fundadores de 1683 y los grupos que ejercieron el poder en Catamarca hasta la primera década del siglo XX queda manifiesta. Esta realidad indica que los integrantes de la elite dirigente que administró la cosa pública desde la fundación de Catamarca (1683), pasando por la Revolución de Mayo (1810), hasta el Centenario (1910), pertenecían al patriciado criollo, cuya célula inicial fue, a nuestro criterio, el plantel del primer cabildo, establecido por el fundador de la ciudad (Gershani Oviedo, 2009a).
Es de destacar que pocos años antes del Centenario, en 1906, un miembro de la elite que estudiamos, Manuel Soria, publicó un “nobiliario” compuesto por aquellas familias “que han servido durante varias generaciones a su patria” y a las que al autor, por esta condición, las caracteriza como “nobles”. Resulta interesante que Manuel Soria, que era descendiente directo de Juan de Soria Medrano, que ocupó cargo en el primer cabildo de San Fernando de Catamarca, en el siglo XVII, se propone a principios del siglo XX, recuperar la memoria genealógica de la “nobleza” catamarqueña, grupo al que pertenece su propia familia, los Soria Medrano(9).
Vemos otro ejemplo del interés de estas familias, entre fines del siglo XIX y principios del XX, por mantener la memoria genealógica sirviéndose de eruditos que escribieron opúsculos sobre sus historias familiares, tal como el folleto que el padre Antonio Larrouy escribe sobre los Herrera. En las primeras décadas del siglo XX, la familia Herrera recupera su genealogía gracias a la pluma de un prestigioso historiador. Se observa el interés de Julio Herrera, que había sido gobernador, legislador nacional y presidente de la Corte de Justicia de Catamarca, por el conocimiento de su historia familiar (Gershani Oviedo, 2009b).

6. Palabras finales

Tenemos entonces que desde la fundación de la ciudad de Catamarca la clase patricia dominó los espacios en el cabildo local. La elite dirigente, que manejó la cosa pública entre la fundación de la ciudad de Catamarca (1683) y la Revolución (1810), pertenecía al patriciado criollo lugareño y, en una actitud de apertura y a través del matrimonio, se incorporaron al grupo, en la segunda mitad del siglo XVIII, unos pocos comerciantes peninsulares, algunos de los cuales lograron amasar considerables fortunas.
Es de destacar que estos grupos familiares, que en la mayoría de los casos hunden sus raíces genealógicas en la fundación de la ciudad de San Fernando de Catamarca, han aportado varios gobernadores a la provincia, en el transcurso de los siglos XIX y XX, y hasta un presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, nieto del primer gobernador de Catamarca, Nicolás de Avellaneda y Tula, y sobrino nieto de Marcos José González, que participó del cabildo abierto de agosto de 1821, que declaró la Autonomía de la Provincia.
Quienes detentaban la actividad económica y el prestigio social perdurarán de manera personal o familiar en el poder político de nuestra provincia, formando intrincadas redes de parentescos consanguíneos o afines. En diferentes épocas (colonial, nacional o independiente) e instituciones (cabildo, legislatura, gobernación, congreso constituyente, convenciones constituyentes reformadoras), con distinto marco político (guerra civil, coaliciones, ligas) y jurisdiccional (provincial, regional o nacional) los grupos familiares de los Herrera, Navarro, Segura, Cubas, Acuña, entre otros, manejaron la cosa pública y los hilos del poder, en alianzas, o no, intra e inter familias.
Así como el gobierno y los puestos públicos eran cotos de algunas familias, patrimonio de la clase gobernante, así también la memoria genealógica era patrimonio de esas familias, que como las de la nobleza, al decir de Binayán (1999), eran quienes se preocupaban por cultivarla y mantenerla vigente
Al finalizar, coincidimos con el autor citado anteriormente cuando afirma que más allá de los vaivenes políticos vernáculos o mundiales, la familia es una entidad en sí misma, no divisible, proyectada desde el pasado, desarrollada en el presente (en cualquier momento que se elija) y proyectada otra vez hacia el futuro, que cultiva el recuerdo de un patrimonio heredado, una historia familiar, en síntesis, una memoria genealógica.

Notas

(1) A dos leguas de la ciudad de San Fernando de Catamarca.
(2) Archivo del Obispado de Catamarca (en adelante A.O.Ct.), Expedientes s/n, Informaciones matrimoniales, 1844 (el subrayado es nuestro).
(3) A.O.Ct. Información Jurídica sobre la Historia de Nuestra Señora del Valle (proyectada en 1761, y levantada en 1764) (en adelante I. J.)
(4)A.O.Ct., I. J., f. 24.
(5)A.O.Ct., I. J., f. 30.
(6)En casi todos los casos, esos mismos testigos identificados como descendientes de vecinos fundadores, conquistadores o pobladores, ocuparon cargos en el cabildo, lo que fortalece nuestra hipótesis de que quienes administraron el poder civil en Catamarca desde su fundación descendían del grupo fundador de la ciudad.
(7)Ya hicimos referencia al caso de Wenceslao Correa (A.O.Ct., Expedientes s/n, Informaciones matrimoniales, 1844). Un año antes de la Revolución de Mayo, en 1809, Mauricio Navarro y Segura inicia expediente para contraer matrimonio con Josefa Molina y Herrera, con quien se halla emparentado, ya que “todas las familias nobles y de honor se hallan emparentadas conmigo cuando no en este grado en otros más inmediatos, lo mismo que sucede con la pretendida por cuyo motivo puede quedar sin casarse” (A.O.Ct., Expedientes s/n, Informaciones matrimoniales, 1809). Un año después de la Revolución, en 1811, Bernabé Gómez y Espeche pretende casar con su pariente Francisca Antonia Molina y Barros, afirmando que “difícilmente podría casarme sin el beneficio de la dispensa, pues estoy emparentado con todas las familias nobles…” (A.O.Ct., Expedientes s/n, Informaciones matrimoniales, 1811, El Alto). Ellos fueron los padres del gobernador Crisanto Gómez, que accedió al poder en 1868.
(8)Resulta sugestivo comentar que el gobernador Daza era "franco y jovial con la plebe", pero "hermético, avinagrado y hosco con los primates de la alta sociedad, a quienes miraba con singular desconfianza" (Soria, 1996).
(9)En su “nobiliario”, Soria desarrolló la genealogía de medio centenar de familias (1906).

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* El presente trabajo fue publicado originalmente con el título "La memoria genealógica como patrimonio de consolidación social. Vínculos parentales de la elite dirigente catamarqueña entre la Revolución y el Centenario (1810-1910)" en CD del V CONGRESO INTERNACIONAL PATRIMONIO CULTURAL 200 AÑOS DE HISTORIA COMPARTIDA, Centro Cultural Canadá Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba, 6 al 8 de mayo de 2010.

lunes, 19 de abril de 2010

Un aspecto desconocido de la obra de Antonio Larrouy: su aporte a la genealogía catamarqueña


Marcelo Gershani Oviedo*

Palabras iniciales

En 1944 escribió el padre Ramón Rosa Olmos que “el nombre del Padre Larrouy está ligado no sólo a Catamarca, sino a todo el campo histórico argentino. Difícilmente se podrá escribir algo sobre nuestro pasado histórico, sin recurrir a sus colecciones documentales o a sus eruditas monografías”. Casi medio siglo después, en 1991, el historiador Gerardo Pérez Fuentes afirmó que “Catamarca tiene en el Padre Antonio Larrouy al indagador más cotizado de su pasado histórico”.
Había nacido en Francia el 9 de noviembre de 1873 y veinte años después conoció en Andalgalá a Samuel Lafone Quevedo. La amistad que surgió a partir de ese encuentro fue determinante en su vida. Uno de sus biógrafos afirma que su vocación de historiador “le nació en el Fuerte de Andalgalá”. Estando en Europa el propio Larrouy manifestó que todo lo que sabía lo había aprendido gracias a “un sabio catamarqueño, Lafone Quevedo” (Pérez Fuentes, 1991).
No es novedad que quienes estamos dedicados al estudio de la historia en el tiempo colonial reconocemos la importancia que tiene la obra de Larrouy para el avance de nuestras investigaciones.

Larrouy y la Genealogía

Los estudios genealógicos tampoco fueron ajenos a sus inquietudes intelectuales.
Su aporte a la genealogía catamarqueña se manifiesta a través de uno de sus trabajos, tal vez el menos conocido, titulado La familia Herrera de Catamarca, que publicó en 1916, y que resultó piedra basal en los estudios que, desde hace más de una década, estamos realizando sobre esta familia (Gershani Oviedo, 2000, 2002a, 2002b, 2003).
Consideramos que referirnos a este texto es un aporte novedoso ya que su existencia ha sido desconocida para los investigadores que se han dedicado al estudio de su obra, tal el caso de la bio-bibliografía que José Torre Revello publicó en 1935 y el valioso libro que sobre el sacerdote escribió Gerardo Pérez Fuentes en 1991.
La familia Herrera en Catamarca vio la luz, en forma de folleto, en los Talleres Placente y Dupuy, ubicados en Azul (Provincia de Buenos Aires) y está dedicado al doctor Julio Herrera. Consta de 13 páginas y en la última, luego de la firma del autor, se lee “Catamarca, 26 de agosto de 1916”(1). Aclara que había prometido al doctor Herrera que si en algún momento podía establecer su ascendencia, se la enviaría. Afirma que “así ha sucedido por una feliz casualidad, y, porque interesará quizás a otras personas, me complazco en cumplir públicamente mi promesa”. Esta decisión del sabio sacerdote nos posibilita tener acceso al trabajo cuyo contenido hoy nos ocupa.
Gracias a la gentileza del doctor Hilario Muruzábal Herrera poseemos copia de este folleto, cuyo original se encuentra en la biblioteca de su familia, en Buenos Aires.
Entendemos que esta publicación tuvo difusión reducida y limitada a la familia de Julio Herrera(2), a quien estaba dedicado, como dijimos. Esta situación especial puede ser una de las causas que impidieron el conocimiento de este folleto sobre la familia Herrera a los investigadores que analizaron su obra, como Torre Revello y Pérez Fuentes.

La genealogía de los Herrera

Inicia Larrouy el estudio afirmando que “la familia Herrera es una de las cinco o seis familias más antiguas del Valle y de la provincia de Catamarca” ya que logró ubicar el origen de la misma a mediados del siglo XVII en nuestro suelo. Esta aseveración es exacta. Investigaciones posteriores nos permitieron establecer el origen de la familia Herrera en el actual territorio argentino desde mediados del siglo XVI, a partir de la fundación de la ciudad de Barco en 1550. El prestigioso genealogista argentino Alejandro Moyano Aliaga viene a confirmar lo anterior al manifestarnos “que la familia Herrera es una de las más antiguas de la sociedad argentina”(3).
Y refiriéndose al fundador de la familia, Gerónimo de Herrera, manifiesta Larrouy que, “desgraciadamente, no me ha sido posible descubrir dónde naciera ^(…) si era nacido en el país o venido de España, ni quienes fueron sus padres”. Pero no se detiene en lo que ignora, sino que aventura un posible origen cuando escribe:

Acaso perteneciera a la primitiva familia Herrera de Santiago del Estero. Su fundador fue un Andrés de Herrera, y cabalmente desde muy antiguo los Herrera de Catamarca profesaron especial devoción a San Andrés, cuyo nombre llevaron muchos de sus miembros (…)”.

Con la honestidad intelectual que profesaba, agregaba que “(…) a falta de testimonios positivos, fuerza me es encabezar la genealogía de la familia Herrera con dicho Gerónimo”.
Nuestras investigaciones nos permiten inferir que el fundador de la familia Herrera en Catamarca, Gerónimo, había nacido en Santiago del Estero y que sus padres fueron García de Herrera, nacido en la misma ciudad por 1578, y doña Rafaela de Antoñano, que vio la luz en Alcalá de Henares por 1583. García de Herrera era nieto del Andrés de Herrera al que se refiere Larrouy.
En el acápite I habla sobre el matrimonio fundador de la familia, compuesto por el capitán Gerónimo de Herrera y Ana Páez de Cartagena. A esta señora la menciona con la partícula doña, tratamiento que denotaba hidalguía de origen en ese tiempo. Hoy podemos asegurar, luego de la compulsa de variada documentación, que la esposa de Gerónimo de Herrera no era reconocida por sus contemporáneos ni por los miembros de su familia con ese tratamiento tan codiciado.
Con respecto a la filiación de esta señora, nos encontramos ante una situación especial. Dice Larrouy que Ana Páez de Cartagena era hija de Pedro de Maidana, pero este último no era su padre sino su abuelo materno, y lo que resulta curioso es que esa información la obtuvimos del testamento de Maidana, redactado en 1630 y que el propio Antonio Larrouy publicó el año anterior a la edición del folleto(4).
En su exposición, para fundamentar el motivo por el cual Ana Páez de Cartagena llevaba apellido distinto al de su probable progenitor, con pluma exquisita advierte que

“(a) nadie extrañe que el padre fuera Maidana y la hija se apellidara Páez de Cartagena, porque, muy en particular para las mujeres, no era entonces regla absoluta que los hijos tomaran el apellido paterno; no pocas veces usaban el de la madre, cuando no el de alguno de sus abuelos”.

Este precepto de la onomástica española del siglo XVII explica la particularidad en la transmisión de los apellidos y demuestra la erudición del sacerdote francés.
Hoy podemos establecer que Ana Páez de Cartagena, antepasada de los Herrera de Catamarca, era hija de Antonio Páez de Cartagena y de María Magdalena de Cabrera, quien sí era la hija del ya citado Pedro de Maidana y de su esposa, Blasia de Cabrera.
Con respecto a los hijos del matrimonio fundador, Larrouy afirma conocer los nombres de cuatro: Nicolás, Pedro, Magdalena y Martín García. La consulta de variada documentación nos permite hoy afirmar que esos hijos fueron seis: los tres varones mencionados por el historiador más otro llamado igual que su padre, Gerónimo; en cuanto a esa Magdalena que menciona Larrouy, debe referirse a Rafaela de Herrera; el elenco de hijos del matrimonio fundador se completa con otra mujer, Francisca.
Resulta interesante manifestar que el sacerdote historiador establece que uno de esos hijos mencionados, Pedro, contrajo matrimonio pero falleció sin sucesión. Corrige de esta manera, en beneficio de la genealogía de los Herrera, a Manuel Soria quien, diez años antes, en 1906, había afirmado en sus Familias Vallistas que los Herrera descendían de ese Pedro (Soria, 1906).
En el acápite II trata sobre el matrimonio de Martín García de Herrera, hijo del tronco de la familia. En este caso, García es nombre y no apellido; recuerda al de su abuelo paterno, García de Herrera. Contrajo matrimonio con doña Juana Carrizo y Pedraza, siendo los padres, entre otros, de Gerónimo de Herrera.
El acápite III se inicia con el matrimonio del recién nombrado Gerónimo y de doña Inés Carrizo. Aquí debemos señalar una confusión en la línea genealógica que viene desarrollando Larrouy.
Si bien es cierto que Martín García de Herrera y doña Juana Carrizo tuvieron un hijo llamado Gerónimo, nuestro sacerdote lo confundió con su primo hermano homónimo, quien sí había casado con doña Inés Carrizo. Este último Gerónimo era hijo del maestre de campo Gerónimo de Herrera (hermano de Martín García de Herrera) y nieto del primer Gerónimo, el fundador del linaje.
Tenemos entonces dos primos hermanos que reproducen el nombre de su abuelo Gerónimo de Herrera. Esta situación determinó, sin duda, la confusión del padre Larrouy.
Volvamos ahora a Gerónimo de Herrera, casado con doña Inés Carrizo. Ellos fueron los padres de don Andrés de Herrera, que nuestro historiador trata en el acápite IV.
Menciona los tres matrimonios de don Andrés, siendo su última esposa doña Francisca de Barros. Dice que no conoce el nombre de los padres de esta señora, pero no duda en afirmar que pertenecía “a la ya muy larga y muy distinguida familia Barros Sarmiento, cuyos fundadores fueron (…) Nicolás de Barros Sarmiento, riojano, y doña María de Nieva y Castilla, catamarqueña”.
Nuestras investigaciones nos permiten confirmar que doña Francisca de Barros pertenecía al linaje que señala Larrouy. Era nieta del mencionado Nicolás de Barros Sarmiento, que participó en la fundación de San Fernando de Catamarca en 1683, pero la esposa de este último no era la que señala el sacerdote, doña María de Nieva y Castilla sino doña María de la Vega y Castro. Seguramente el padre Larrouy confundió el casamiento de un hijo de Nicolás de Barros Sarmiento, que se llamaba Pedro, quien sí casó con una señora llamada María de Nieva y Castilla.
En el acápite V se refiere a un hijo de los Herrera y Barros, llamado igual que su padre, Andrés. Y también al igual que su padre, contrajo matrimonio en tres oportunidades. La última fue en 1807 con doña Alejandra de Segura.
En el acápite VI se refiere a don Próspero Andrés, hijo del matrimonio anterior, y menciona sus dos casamientos. El segundo fue con Azucena González, hija de Gregorio González, que murió degollado en Piedra Blanca en tiempos de Rosas, y de Petrona Boter, una de las nietas de Sebastián Díaz de Peña, titular del mayorazgo de Huasán.
Agrega el historiador que, de la ceremonia de casamiento de Gregorio González con Petrona Boter, fueron padrinos un tío de la novia, Miguel Díaz de Peña, que fue gobernador de Catamarca, y Salomé González, hermana del novio, esposa del gobernador de Catamarca Nicolás de Avellaneda y Tula.
Nosotros agregamos que doña Salomé fue, a su vez, madre de Marco Avellaneda, gobernador de Tucumán, y abuela del doctor Nicolás Avellaneda, presidente de la Nación.
En el último acápite, el VII, el historiador francés informa del bautismo de un hijo de Próspero Andrés de Herrera y de doña Azucena González. Esa ceremonia se efectuó en la Iglesia Matriz el 5 de julio de 1856, “a los siete días de nacido” y el niño recibió los nombres de Benigno Marcial, “pero es más conocido, y muy meritoriamente conocido”, enfatiza Larrouy, bajo su nombre de Confirmación, Julio Herrera, a quien dedica esta investigación.

Palabras finales

Quienes cultivamos los estudios genealógicos en Catamarca tenemos en el sacerdote-historiador a uno de sus precursores en nuestra tierra. Resulta altamente destacable el hecho de que a principios del siglo XX un investigador de su talla se dedicara al estudio de la Genealogía, ciencia que, en su momento, fue denominada como “auxiliar” de la Historia.
El estudio genealógico que hemos comentado constituye un aporte de destacada significación por cuanto permite avanzar en la construcción del conocimiento de la historia de esta familia. Rectifica varias aseveraciones que, una década antes, Manuel Soria había publicado en la primera genealogía que se conoce de los Herrera.
Recuperando los comentarios iniciales con respecto al desconocimiento de este folleto, consideramos que gran parte de la producción del padre Antonio Larrouy, dispersa en periódicos y revistas especializadas de todo el país, debería ser reeditada, en homenaje de gratitud a su memoria y para beneficio de la historia catamarqueña en particular, y de la argentina en general.

Notas

* Magíster en Historia Regional Argentina. Licenciado en Historia. Profesor Adjunto en las cátedras “Historia de Catamarca” e “Historia del Noroeste Argentino” (Departamento Historia – Facultad de Humanidades – UNCa.). Presidente del Centro de Estudios Genealógicos y Heráldicos de Catamarca. El presente artículo ha sido publicado en Logos. Revista de la Cátedra Padre Antonio Larrouy, Departamento Historia, Facultad de Humanidades, UNCa, Segunda Época, Año I, Nº 1, 2009.
(1) En la portada figuran los siguientes datos: La familia Herrera de Catamarca/Al Doctor Julio Herrera/Por el/Padre A. Larrouy/Miembro de la Junta de Historia/y Numismática Americana/Talleres: Placente y Dupuy.
(2) El doctor Hilario Muruzábal Herrera es sobrino tataranieto del doctor Julio Herrera, al descender por línea materna de don Próspero Cirilo Herrera, hermano mayor de Julio. Esta relación parental explicaría la existencia de un ejemplar en la biblioteca familiar del primero de los mencionados.
(3) Comunicación personal al autor (2002).
(4) SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DEL VALLE. Documentos relativos a Nuestra Señora del Valle y a Catamarca recopilados por el P. A. Larrouy, Tomo Primero, 1591-1764, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco, 1915, pp. 26-27.


Bibliografía

GERSHANI OVIEDO, Marcelo
2000. "Genealogía de la familia Herrera y Cartagena: aportes para una caracterización de la elite colonial catamarqueña", Boletín del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, Tomo 21, N° 215, Buenos Aires

2002a. Una familia de la sociedad colonial catamarqueña. Los Herrera y Cartagena. Siglos XVI a XVIII. Departamento Historia. Facultad de Humanidades. Universidad Nacional de Catamarca (inédito)

2002b. De la Catamarca colonial a la independiente. Los Herrera. Siglo XIX. Departamento Historia. Facultad de Humanidades. Universidad Nacional de Catamarca (inédito)

2003. Redes familiares en Catamarca a fines del siglo XIX. Los Herrera y la distribución del poder (1894 - 1899) (inédito)

LARROUY, A(ntonio)
1916. La familia Herrera de Catamarca, Talleres Placente y Dupuy, (Azul).

PÉREZ FUENTES, Gerardo.
1991. El historiador P. Antonio Larrouy (1873-1935), Catamarca, Edición del autor.

REYNOSO, Nicolás.
s.f. Antigua Catamarca. Don Alberto Espeche el coleccionista, Catamarca, Editorial Sarquís.

SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DEL VALLE.
1915. Documentos relativos a Nuestra Señora del Valle y a Catamarca recopilados por el P. A. Larrouy, Tomo Primero, 1591-1764, Buenos Aires, Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco.

SORIA, Manuel.
1906. Familias Vallistas. Genealogías y crónicas catamarqueñas, Catamarca, Talleres Tipográficos de La Ley, 1906.

TORRE REVELLO, José.
1935 (abril-diciembre). “Bio-bibliografía del P. Antonio Larrouy”, Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas”, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Buenos Aires, Buenos Aires, años XIII y XIX, tomo XIX.

martes, 6 de abril de 2010

Don Juan José Feliciano Martierena, IVº Marqués del Valle de Tojo


Enrique Sancho-Miñano (h)

El presente artículo es una breve reseña sobre la ascendencia del guerrero de la Independencia don Juan José Feliciano Martierena, IVº Marqués del Valle de Tojo (también conocido como Marqués de Yavi, por el lugar donde residía), y sobre la creación y transmisión de este título nobiliario:

I.- El primer marqués fue don Juan José Fernández Campero y Herrera (natural de Abionzo, bautizado el 16 de septiembre 1645). Pasado al Perú, casó con doña Juana Bernárdez de Ovando, poseedora en la Puna jujeña de una muy rica encomienda heredada de su padre don Pablo Bernárdez de Ovando.
Doña Juana falleció en el parto.
Ya viudo, y heredero de la gran fortuna de su mujer, don Juan José Fernandez Campero compró el título de Marqués en el año 1708. Ese mismo año se había casado con doña Josefa Gutiérrez de la Portilla.
De este segundo matrimonio, don Juan José tuvo dos hijas mujeres:
1) Manuela Micaela Ignacia Fernández Campero,
2) Josefa Rosa Fernández Campero.

II. Doña Manuela Micaela Ignacia Fernández Campero, fue la IIª Marquesa del Valle de Tojo. Contrajo matrimonio con don Alejo Martierena, y fueron padres de:
1) Antonia Prudencia Martierena. Casada con Joaquín Antonio Pérez de Uriondo.
2) Petrona Ignacia Martierena.
3) Ana María Martierena.
4) Josefa Petronila Martierena.
5) Juan José Manuel Gervasio Martierena.

III. Don Juan José Manuel Gervasio Martierena, fue el IIIer. Marqués del Valle de Tojo. Contrajo matrimonio en Tupiza (Bolivia) con su sobrina doña María Josefa Pérez de Uriondo y Martierena. Fueron padres de:

IV. Don Juan José Manuel Feliciano Martierena, IVº Marqués del Valle de Tojo. Fue bautizado en Yavi el 15 de junio de 1777. Murió en Jamaica el 22 de octubre de 1820. Según Zenarruza y Bernardo Frías, murió viudo y sin hijos, razón por la cual el título pasó a su tía doña Antonia Prudencia Martierena, al ser la heredera más cercana.

Por el contrario, Juan Isidro Quesada afirma que el IVº Marqués había casado con doña Manuela Barragán, y que en un testamento redactado en Jamaica, reconoce que tuvo dos hijos legítimos: 1) Fernando, y 2) Calixta (pág. 350. En la nota 18 de la misma página, dice Quesada que además tuvo dos hijos naturales: Juan José y Mercedes). Ninguno mantuvo el apellido paterno Martierena, y se hicieron llamar por el apellido de su bisabuela: Campero.

Sobre Fernando Campero, dice Zenarruza que nunca aportó ninguna prueba documental que acredite ser hijo del IVº Marqués, a tal punto que el título -como ya lo mencioné- pasa a la tía de Juan José Feliciano Martierena.
Zenarruza también comenta que la provincia de Jujuy le hizo un juicio de reivindicación a don Fernando Campero, juicio en el que tampoco aportó pruebas de su filiación.


Origen del título de marqués del Valle de Tojo

El título de marqués del Valle de Tojo es un título adquirido por compra. Es de los denominados "títulos beneficiados", que son los creados por el rey para que sea vendido en beneficio de obras (ej. para hacer frente a la construcción de la muralla de Lima se vendieron 11 títulos a $30.000 cada uno) o instituciones religiosas. La mayoría fueron vendidos en América. Esta práctica de venta de títulos comenzó con Carlos II, por la pobreza en que se encontraban las arcas del Estado, y la imposibilidad de hacer frente a muchas erogaciones.

Concretamente, el marquesado del Valle de Tojo fue comprado por don Juan José Fernández Campero, previa prueba de "limpieza de sangre", y otorgado por real cédula de 9 de agosto de 1708 expedida por Felipe V, "en atención a la nobleza de su familia, a sus méritos como encomendero (en relación con la conservación y doctrina de los indios a su cargo) 'y especialmente por el servicio de $15.000 pesos escudos de plata entregados de contado en la Corte'" (Guillermo B. Madrazo, Hacienda y encomienda en los Andes. La Puna argentina bajo el marquesado de Tojo, Siglos XVII a XIX, Fondo Editorial, Bs. As., 1982, pág. 43).

Es decir que, además del pago, había que acreditar "méritos" (ej.: servicios militares, ser buen encomendero, etc.), "calidad" de linaje (hidalguía, o sea, nobleza de sangre), y renta suficiente para mantener con "decoro" el título.
Se hace constar la hidalguía de Fernández Campero en la cédula de otorgamiento del marquesado del Valle de Tojo porque, precisamente, se trataba de un título comprado (en los títulos otorgados por servicios extraordinarios a la corona, era suficiente probar "limpieza de sangre"), y era costumbre incluir en la real cédula la expresión “…Y teniendo consideración a todo lo referido, y a haber constado que en vuestra persona y Casa concurren la notoria nobleza, calidades y circunstancias que se requieren para obtener y mantener con lustre y esplendor la mencionada dignidad de Título de Castilla, he venido en ello. Y en consecuencia, y para más honráros y sublimar vuestra persona y antigua nobleza de vuestra Casa, mi voluntad es que vos el dicho don N. Y los referidos vuestros hijos, herederos y sucesores, cada uno en su tiempo, perpetuamente para siempre jamás, os podais llamar o intitular, llaméis e intituléis, llamen e intitulen, y os hago e intitulo Conde de N., etc., etc.” (conf. Barón de Cobos de Belchite, Consideraciones diversas sobre Títulos Nobiliarios, en Tratado de Genealogía, Heráldica y Nobiliaria, Curso de Licencia de la Escuela de Genealogía, Heráldica y Nobiliaria, Hidalguía, Madrid, 1961, pag. 297 y ss.).

Para tener una idea de lo que eran $15.000 en esa época, un Juez Privativo ganaba $1.200 anuales y un Escribano de Juzgado $200 anuales (conf. Francisco de las Heras, Compra de Títulos Nobiliarios en Perú durante el reinado de Carlos II, Revista Hidalguía, Nros. 154-156, Madrid, 1979, pag. 395).

Fuentes:
Jorge Zenarruza, Antecedentes del Marquesado del Valle de Tojo, en Genealogía, Revista Nº 17 del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas, Bs. As., 1977, pág. 505.
Juan Isidro Quesada, Un título de Castilla en el Virreinato del Río de la Plata, el marquesado del Valle de Tojo, en Paseo Genealógico por la Argentina y Bolivia, Bs. As., 2006, pág. 346 y ss.
Archivo Histórico Nacional de España, Secretaría de las Ordenes Civiles, Expediente 936, de pruebas del caballero de la orden de Carlos III, de don Juan José Feliciano de Martierena y Pérez de Uriondo Fernández Campero y Martierena, natural de Yavi (Charcas), Marqués del Valle de Tojo. Expediente que se encuentra digitalizado y puede consultarse a través del Portal PARES.

lunes, 5 de abril de 2010

Homenaje al Dr. Fernando López de Zavalía - Conferencia Dr. Manuel García Fernández

Homenaje al Dr. Fernando López de Zavalía - Conferencia Dr. Manuel García Fernández

En el Homenaje que se tributó el día 2 de diciembre de 2009 al Dr. López de Zavalía en el salón Auditorium del Hotel Tucumán Center, el Dr. Manuel García Fernández leyó un trabajo histórico genealógico cuyo texto ha sido publicado en este blog anteriormente. En esta oportunidad, ofrecemos los enlaces para ver sendos videos de la alocución referida.

http://www.youtube.com/watch?v=yHkMJJSrpi0
http://www.youtube.com/watch?v=IeIFRarE4hY

Los antecedentes familiares y genealógicos del Dr. Fernando Justo López de Zavalía

Los antecedentes familiares y genealógicos del Dr. Fernando Justo López de Zavalía*

Manuel García Fernández**


INTRODUCCION

El Dr. Fernando Justo López de Zavalía nació un primero de Enero de 1929 en la ciudad de San Miguel de Tucumán. Fueron sus padres don Roque Carmen Cruz López del Sar(1) y doña Julia Elena Teodora de Zavalía-Heller.

La relación de Tucumán y sus mayores no era poca. Venía de los hombres de la entrada, de aquellos que fundaron la primera ciudad de “Barco” en lo que actualmente es la Quebrada del Portugués como sostiene con científico rigor la investigadora doña Teresa Piossek Prebisch. Barco devendrá definitivamente y luego de otros traslados, en la actual Santiago del Estero, justa y felizmente llamada “Madre de Ciudades”. Aquí, vamos a encontrar a sus antepasados Diego de Villarroel y Francisco de Aguirre entre otros tantos de esos caudillos fundadores del primer territorio patrio.

En los cincuenta años posteriores a la fundación de Barco por Núñez de Prado, el territorio de los que van a ser las provincias fundadoras, ya se encuentra prácticamente colonizado por el imperio español.

La genealogía de López de Zavalía comprende entonces a todas las etapas de las élites exitosas que han poblado América y era muy difícil o casi imposible que nuestro personaje hubiese sido otra cosa que jurista si vemos como a continuación lo haremos, su composición genética.

Los antepasados y parientes maternos

Por su madre don Fernando descendía y estaba emparentado con los destacados juristas de apellido Zavalía y con el eximio Juan de Dios Heller Johanssen y Palacio Todd de quien siempre se sintió muy orgulloso de ser sobrino nieto. Recordemos que el Dr. Juan Heller por lejos es uno de los más importantes padres de nuestra moderna patria chica. El Tucumán potencia de mediados del siglo pasado le debe y mucho por su acción republicana y culta. También por Heller, estaba cercanamente emparentado a su discípulo Ignacio Colombres Garmendia y a los Dres. Rouges Heller de destacada actuación en nuestro medio.

Se unía por este costado con el Dr. Salustiano Zavalía (Convencional constituyente del 53 y destacado jurisconsulto) y con los juristas García Zavalía y García Pinto, estos últimos descendientes de Don Fernando García de Robés, hijodalgo asturiano quien se radicó en Córdoba del Tucumán y engendró con doña Juana Josefa de Zavalía de las Casas entre otros al Dr. Rafael García (Jurista de nota y amigo de Sarmiento, que firmó solo con el apellido paterno, casado con doña Augusta Montaño y cuya magnífica estatua se exhibe hoy en día en la facultad de derecho de Córdoba), y a doña Agustina García-Zavalía, bisabuela de nuestro genealogiado.

Dentro de esta rama no puedo dejar de mencionar a su endogámicamente pariente el Doctor Rafael García Zavalía (1890-1971), cordobés, miembro de la Corte Suprema de oro que supo tener Tucumán en la primera mitad del siglo pasado. Fue asimismo presidente éste de la Cámara Federal de Apelaciones y catedrático de la Facultad de Derecho ejerciendo además altos cargos administrativos y diplomáticos.
Por Zavalía también se emparentaba con el abogado e historiador tucumano, Carlos Páez de la Torre y Soldati a quien Tucumán ya tanto le debe por habernos informado de su historia y genealogías en estas últimas cinco décadas. No menos importante también es nombrar al jurista e historiador contemporáneo Dr. Félix Montilla Zavalía y al no menos destacado Dr. Máximo Eudoro Méndez y Páez de la Torre, abogado del foro local y pionero de la ciencia genealógica tucumana.

Hoy tanto en Buenos Aires como en Córdoba y en Tucumán, existe una nutrida descendencia de esta distinguida familia de Euskal Herria de los Zavalía llegados a finales del siglo XVIII. La endogamia característica de este linaje en nuestro país, creo tiene su explicación mas allá del simpático adagio que dice de que para un Zavalía no hay nada mejor que otro Zavalía, en la preservación de su limpieza de sangre e hidalguía universal de la que gozaban estos señores por el solo hecho de ser hijos de la raza de Aitor(2).

Descendía también por su madre de los Laguna-Bazán, principalísimos vecinos y dueños de la casa donde se firmó el primer acto jurídico argentino, el de la independencia americana ¿Como no iba a ser entonces don Fernando un hombre comprometido con el devenir histórico y jurídico de esta incipiente República, basada en la fusión de naciones aborígenes y románico vasco-celtiberas?

Los mayores y parientes paternos

Sin restar nunca importancia a los mencionados guipuzcoanos de Zavalía o astures García de Robés; es de nobleza reconocer la antigüedad en la argentinidad de los antepasados por el linaje López de Vera del que nuestro genealogiado pertenecía por varonía. Según nos informa el Dr. Páez de la Torre, estos López(3) se pierden en las primeras horas de la mítica Esteco, de donde van a salir las tantas e ilustres ramas de esta gens que abundan en el noroeste argentino. Por López descendía de la linajuda casa de Lizarralde y Aráoz (a la que la América libre tanto le debe), y su antepasado el coronel Diego Aráoz y Balderrama era hermano de doña Josefa Rosa de Aráoz casada con el vasco Salvador Alberdi, madre de nada mas y nada menos que del padre de nuestra Constitución Nacional Dr. Juan Bautista Alberdi. Saberse sobrino del creador de Las Bases más que un orgullo debe de haber sido un terrible compromiso que don Fernando supo llevar a la hora de usar la pluma.

A su vez por Aráoz, se emparentaba y descendía de las familias fundadoras de Santiago del Estero ya que procedía de Don Sancho de Paz y Figueroa. Se vinculaba por su lado santiagueño a familias emblemáticas como lo Taboada y los Ibarra. Por estos Paz de Figueroa estaba emparentado don Fernando al eximio vicepresidente de Mitre, Dr. Marcos Paz y al mismísimo fundador del Estado moderno argentino, General Julio Argentino Roca–Paz.

Asimismo descendía de doña Dorotea Terán-Alurralde de Paz, y su padre don Roque López del Sar era primo segundo del monumental Juan B. Terán entre otras cosas creador de la Universidad Nacional de Tucumán.

Ya que mencionamos a los Alurralde, familia troncal de juristas y próceres argentinos, diremos que el Dr. Fernando Justo era Alurralde también por su antepasada Micaela Alurralde y Avila(4) esposa del ya mencionado Diego Aráoz Balderrama. Por este linaje también vasco, va a estar emparentado con El ilustrísimo jurisconsulto y hombre público don Nicolás Matienzo Alurralde (también éste Zavalía), y con los demás distinguidos juristas del linaje de Matienzo en Tucumán.

Inclusive por este costado se liga sanguineamente al Dr. Ildelfonso de las Muñecas, cura mártir de la independencia, y con el genial e internacionalmente reconocido Dr. Carlos Cossio-Alurralde célebre por su “Teoría Egológica del Derecho”. Otro prócer del derecho por este linaje es el Dr. Benjamín Paz-Terán, miembro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Aquí tanbien quiero acordarme de su pariente el cordobés Enrique Martínez-Paz, célebre jurista e historiador.

Por Alurralde y Ávila se emparienta nuevamente con su discípulo Ignacio Colombres Garmendia y con el destacado abogado y político don Ezequiel Ávila Gallo, al Dr. Manuel López-Rouges y muchos otros distinguidos hombres de la política y el derecho actual.

Es pariente de todos los letrados y notarios Terán que componen actualmente nuestro foro.

La lista de personajes se puede llegar a extender mucho, por lo cual voy a ir terminado sin dejar de mencionar que por sus mayores Alurralde, don Fernando estaba enraizado a lo mas profundo de nuestra tierra, siendo descendiente de doña Bárbola Coya, de comprobada filiación a la casa real del imperio incásico. Por este lado está emparentado a catorce presidentes(5) de la hermana República de Chile.

De niño don Fernando López de Zavalía se crío en un ambiente familiar donde por su padre vio brillar el apogeo del partido radical, en el cual el Dr. López del Sar tuvo un actuar destacadísimo. Por sus primas López Pondal estaba emparentado con los gobernadores radicales progresistas José Graciano Sortheix y Miguel Critto. Con el Ilustre y dos veces gran gobernador de Tucumán tristemente olvidado Dr. Miguel Campero, se entroncaba por los Aráoz y con su señora esposa doña Dolores de Zavalía Estévez por su madre como ya vimos. Igualmente por Paz era pariente del también radical Ramón Paz Posse (genearca de todos los que llevan este apellido compuesto), de sostenida militancia.

Por sus tíos y tías del antiquísimo linaje de los García de Valdés, se vinculaba a quien fuera Secretario de la “Corte de Oro”, don Alberto Juárez Aráoz y era primo segundo del ex embajador argentino ante la ONU y Estados Unidos, don Lucio García-del Solar Dorrego. Su otro primo segundo don Alberto Juárez Aráoz-García, fue un típico personaje del ayer provinciano y uno de los primeros mártires de la aviación civil tucumana que fundara don Nicanor Posse(6).

Por último diré que por su abuela paterna doña Indiana del Sar Ocampo y Elías Colón, descendía directamente del jurista riojano Gabriel Ocampo radicado en Chile y padre del código comercial de ese país. Y cuando dijimos que estaba vinculado a las primeras élites de América, el apellido Colón nos devela la descendencia por este lado del mismísimo don Cristóbal(7).

Cuando Fernando López de Zavalía nació, nuestro país era el quinto más importante de la tierra y Tucumán figuraba entre los cinco primeros Estados de la República. Debió ser terrible tener que morir en una Argentina incendiada y que hoy no puede resurgir de las cenizas. Pero él no se escudó en las excusas de los mediocres que atribuyen su fracaso a las circunstancias de su “yo” como diría Ortega, sino que siempre se esforzó, inclusive dando clases en la plaza Urquiza o en su propia casa, cuando había huelgas y las facultades estaban tomadas.

Hoy ante sus queridos amigos, familiares e hijos, me atrevo a hacer suyas las palabras de otro grande: Don Lisandro de la Torre, cuando dijo: Se que no llegaré, pero llegará la juventud si persevera y estudia.

Muchas gracias!


NOTAS
* Este trabajo es una modificación del discurso que el autor leyó en el homenaje al Dr. López de Zavalía el día dos de Diciembre de 2009 en el salón Auditorium del hotel Tucumán Center. Es un trabajo histórico genealógico que pretende dar un pantallazo sobre los antecedentes familiares del homenajeado, y evidentemente está cargado de subjetividades y de hasta errores como en la nota al pie de página número 13 se aclara. El homenaje es un claro acto político reivindicatorio dentro del mundo del derecho, a éste personaje que por haber sido politizado se lo deja fuera de su verdadero ámbito de grandeza como fue la ciencia del derecho.
Mi agradecimiento a doña Celia Avellaneda de Ibarreche, a don Marcelo Gershani Oviedo y a don Justino Terán Molina por sus aportes para esta reseña familiar. A mi madre Elvira Florencia Juárez Aráoz-Martínez, quien me enseñó a valorar y entender desde pequeño la importancia de la familia López de la que orgullosamente desciende por su abuela paterna Da. Elvira Leonor García de Juárez Aráoz.
Asimismo mi agradecimiento al Dr. Amancio Lucio Petray por haber ideado este homenaje público y ser no solo su autor intelectual sino también su sostenedor material.
Las fuentes para este trabajo son los artículos de Familias Tucumanas del Dr. Carlos Páez de la Torre (h) en la revista del canal de cable CCC; y el libro publicado por el Colegio de Abogados titulado Justicia y Abogacía en Tucumán (2004). Las genealogías de López y Zavalía son gentileza del archivo digital de la mencionada Sra. Avellaneda de Ibarreche, sobrina carnal de don Fernando. Debo también agradecer a los hijos del homenajeado por los datos y documentación aportada y a mis compañeros de la Diplomatura en Genealogía y Heráldica de la Universidad de San Pablo de Tucumán, especialmente a mi amigo y pariente el Dr. Enrique Sancho Miñano hijo.
** Abogado por la UNT. Miembro adherente del Centro de Estudios Genealógicos de Tucumán y alumno de la Diplomatura en Genealogía y Heráldica de la Universidad de San Pablo de Tucumán.
(1) Hermano de don Javier Juan López del Sar, abogado, medalla de oro de su promoción de la Universidad de Buenos Aires. Murió soltero y fue quien enseñó derecho civil a nuestro genealogiado.
(2) Según la leyenda, sería el Adán o genearca de todos los vascuences.
(3) Como ya veremos, además de Elena López de Vera y Torres Valenzuela, el genearca don Pedro López de Vera tuvo siete hijos, entre los cuales se encuentran don Juan Francisco y don Santos López y Torres. Del primero van a descender figuras destacadas como el cura don Tiburcio López y Molina, el doctor Ángel López, fusilado por Rosas (de esta rama vienen por ejemplo los López Mariño, López Guzmán y los López Alurralde entre otros). De don Santos va a venir el gobernador de Tucumán don Javier López Iturrios, fusilado por Heredia y quien estuvo casado con doña Lucia Aráoz y Alurralde. Este era tatarabuelo por línea de varón de don Fernando.
(4) Nuestro genelogiado llevaba tres veces la sangre de este linaje López, ya que esta doña Micaela Alurralde Ávila (casó con Diego Aráoz) y su hermana Mercedes (casó con Terán) eran bisnietas de don Pedro López de Vera, genearca hasta donde se sabe de esta familia.
(5) Se suma como número quince don Sebastián Piñera actual presidente chileno (año 2010), según datos aportados el genealogista Dr. Raúl Cossio-Etchecopar.
(6) El primer mártir de la aviación tucumana fue don Benjamin Matienzo y López Alurralde, varias veces entroncado con nuestro reseñado personaje.
(7) Si bien luego del dos de diciembre de 2009, fecha del homenaje al Dr. López de Zavalía, su sobrina la Sra. Celia Avellaneda de Ibarreche me aclarara que el parentesco con Colón era solo tradición familiar, hemos preferido dejar el trabajo así y con solo esta aclaración, ya que en parte de los miembros de la familia es un hecho éste de la descendencia del Almirante don Cristóbal y que se da por sentado. Además es parte de la “estética del error” o de los errores que este trabajo referido a la genealogía honrante y hasta casi exultante debe tener.
El otro error que fue suprimido es el haber atribuido filiación a la casa santiagueña de Salvatierra a don Fernando, cosa que lo hubiese vuelto a emparentar con su discípulo Colombres Garmendia.
La estética del error es un tema apasionante, y en mi mente nace creo del mismísimo Moisés de Miguel Ángel, donde sus cuernos fruto de una mala traducción del hebreo son parte de la excesiva belleza de esa escultura migueliana.